Traducción

La traducción y la traductora: esencialmente imperfectas

22 enero, 2017
Traducción

Esencialmente imperfectas

Me gustaría dedicar una entrada a quienes han hecho posible uno de mis mayores sueños (hoy una realidad): traducir un libro, ser esencialmente imperfecta. Cuando acabé mi carrera nunca habría imaginado que este momento llegaría tan pronto. Como la obra de arte está aún madurando, no voy a escribir aquí el título, así lo recibirás con más ganas.

Me ha llenado de orgullo y satisfacción… colaborar en este proyecto. Primero fui lectora; a medida que avanzaba el libro, autora y, cuando comenzó el proceso de traducción fui escritora en la mente del autor. Me ha encantado y espero que el resultado sea perfecto.

Tras entregar nuestro borrador he reflexionado.

Esta es mi conclusión:

La tan mencionada fidelidad de un traductor queda resumida en las palabras de uno de mis traductores preferidos, José Miguel de Azaola:

«Los traductores, en última instancia, somos solo instrumentos esencialmente imperfectos que tratan de hacer viable algo tan delicado (y, a veces tan imposible) como es la comunicación humana. No nos engañemos pues: nunca seremos capaces de transmitir en toda su hondura la última sutileza del genio creador del mensaje por encima de la barrera que siempre representará un idioma distinto a aquél en que ese mensaje fue concebido. “Traduttore, traditore…” Pero eso sí, a mucha honra» (2005:57).

Y así es la realidad. Si tenemos en cuenta que, antes de la obtención del producto (como así lo llaman algunos), se pasa por procesos tan importantes como el de la lectura y la interpretación… Recreación se llama la siguiente fase y es que, como decía Vicente Fernández en un artículo escrito para El Periódico Mediterráneo :

 «[…] La traducción parte de un texto original en otra lengua pero, merced al arte del traductor, constituye un hecho literario en el ámbito de la lengua de llegada» (2015, El traductor).

Caperucita de Roald Dahl y José Miguel de Azaola

Así me siento yo, esencialmente imperfecta pero tan satisfecha como la Caperucita de Dahl y Azaola al final del cuento (aunque yo no me he sacado ningún revólver del corsé).

Gracias Manuel, Juan Manuel y Lucía.

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2 Comments

  • Reply cris planchuelo 20 julio, 2016 at 16:08

    Tienes razón, María: traducir es un poco meterse en la mente del autor, lo que convierte tu tarea en toda una aventura. Por eso, para traducir bien hay que ser un profesional del oficio; no basta con saber idiomas.

  • Reply admin 21 julio, 2016 at 19:03

    ¡Has dado en el clavo, Cris! Ideas me estás dando para mi próxima entrada ;). Esa complejidad que hace de la traducción toda una aventura es lo que la hace tan apasionante.

    ¡Un beso!

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